Estábamos de acuerdo en todo. No alcanzó. Nunca alcanza.
Impulso Sophia Editorial

Hubo una reunión, hace años, que todavía no me saco de encima.

Éramos ocho o nueve alrededor de una mesa. Todos queríamos lo mismo: una huerta, una asociación, otro modo de trabajar la tierra y de repartir lo que la tierra daba. No había entre nosotros un solo desacuerdo de fondo. Y sin embargo, a la tercera reunión ya no nos podíamos ni mirar.

Lo que nos separó no fue una idea. Fue el tono de una voz. Una interrupción. Alguien que llegaba tarde y alguien que no se lo perdonaba. Cosas mínimas, ridículas de contar. Habíamos supuesto que el ideal compartido alcanzaba para hacernos una comunidad. No alcanzó. Nunca alcanza.

Marjorie Spock —sí, hermana del pediatra, aunque eso es lo de menos— escribió sobre esto exacto poco después de la muerte de Steiner, mientras la Sociedad Antroposófica se partía en facciones. Dos textos breves, incómodos. Su tesis: la comunidad ya no nos viene dada. En otras épocas uno nacía dentro de un «nosotros» —de sangre, de fe— y no tenía que construirlo. Eso se terminó. Hoy, juntarse por una buena causa no produce comunidad. Produce, casi siempre, la reunión que tuve yo.

Spock lo dice sin rodeos: formar comunidad se volvió un arte moral, un sendero de aprendizaje. Y así como la ciencia de Goethe pide educar los sentidos para que la naturaleza hable sin que le impongamos nuestras ideas de antemano, la vida en común pide educar el alma para que el otro pueda mostrarse tal cual es —no filtrado por mi simpatía ni por mi antipatía, que nublan todo antes de que el otro abra la boca.

El lugar donde esto deja de ser bonito y se vuelve trabajo es la escucha. Escuchar de verdad, dice ella, es suspender el juicio: callar el reflejo del «esto está bien, esto está mal» mientras el otro todavía está buscando su idea. Y para eso remite a algo muy concreto: los seis ejercicios que dejó Steiner —las Nebenübungen—, control del pensamiento, ecuanimidad, los demás. No como devoción abstracta. Como gimnasia del alma para poder sentarse a una mesa con otros sin romperla.

Que es, palabra por palabra, el libro que estuve traduciendo estos meses.

Karl-Martin Dietz —con quien vengo carteándome en alemán mientras cerramos los últimos detalles— insiste en algo, y conviene decirlo de entrada: esto no es un método. No es una técnica que uno aplica y listo. Es una cultura —la cultura dialógica— que se cultiva, despacio, entre personas. No es un libro para leer de un tirón y guardar: es algo para llevar al grupo de estudio, a la asociación, a la huerta que se está por pelear y todavía no lo sabe.

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Si aquella reunión de hace años hubiera tenido esto sobre la mesa, capaz todavía seríamos una huerta.

Manos vacías y un bello ideal no alcanzan. Nunca alcanzaron. Hay que aprender el oficio.

Martín

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P.D. — Los dos textos de Spock que menciono («Reflections on Community Building» y «The Art of Goethean Conversation») circulan hace cuarenta años en inglés como dos folletos breves. Lo de Dietz es ese mismo linaje hecho cultura viva, en castellano y por primera vez.

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