Impulso Sophia · notas del terreno
El vino que paga hogares
La historia de Johan Reyneke y el proyecto Cornerstone, Stellenbosch, Sudáfrica
Un día de poda, en pleno invierno.
Todos tenían frío.
Uno se había puesto un traje de neoprene debajo de la ropa.
Los demás se forraron con papel de diario.
Eso lo cuenta el propio Johan Reyneke, en primera persona, en la página del proyecto que fundó. No empezó con una idea, escribe. Empezó con un día frío. Volvió a su casa, se puso el traje debajo de la ropa, y cuando regresó al trabajo, sus compañeros se habían forrado con diarios. "Es una diferencia chica. Pero en realidad no tanto", dice. Una de esas cosas que uno nota y que se queda ahí, aunque intente seguir adelante.
De la finca familiar a la biodinámica
La finca se llama Uitzicht, está en las Polkadraai Hills de Stellenbosch y existe desde 1863. Reyneke la tomó de manos de su madre en 1992 y arrancó la conversión a orgánico de inmediato — sin subsidios que la respaldaran, en un entorno donde la viticultura química era la norma absoluta.
Los primeros años fueron un desastre: plagas y enfermedades por todos lados. Confundía "orgánico" con "dejar de intervenir". Quien lo enderezó fue Jeanne Malherbe, la pionera de la biodinámica en Sudáfrica, activa desde los años 60. Su diagnóstico: Reyneke estaba siendo orgánico por negligencia, no por diseño. En 2008, la finca se convirtió en la primera de Sudáfrica certificada biodinámica por Demeter.
Una promesa que quedó pendiente
En esos años Reyneke estaba leyendo a Amartya Sen — la idea de que el desarrollo es, ante todo, la capacidad de elegir; que tener una opción real es tener poder. De ahí surgió, primero, algo más ambicioso de lo que Cornerstone terminó siendo: la idea de construir un negocio colectivo, algo compartido entre todos los que trabajaban la tierra. No prosperó. Era demasiado riesgoso, y la gente eligió lo más inmediato: vivienda, educación, estabilidad. Tenían razón, admite él.
Cornerstone, entonces, nunca fue exactamente un plan. Fue, en sus palabras, una promesa que quedó pendiente después de esa conversación — y que con el tiempo se convirtió en un vino.
El mecanismo, ya concreto: las ganancias de ese vino financian un fondo. Cualquier trabajador que cumple diez años en la finca queda habilitado para acceder a él — casa propia, universidad para un hijo, o inversión, con acompañamiento en educación financiera para decidir.
Una de esas tres personas trabaja hoy en el equipo de exportaciones de la bodega. Otra, Lizanne Jafta, terminó sus estudios terciarios gracias al proyecto y hoy dirige la oficina y la sala de degustación de Reyneke Wines.
Por qué dejó de hablar de "sostenibilidad"
Hay un giro en la propia carta de Reyneke que conecta esto directamente con la biodinámica, y que vale la pena marcar aparte. Dice que en Reyneke solían hablar de sostenibilidad como si tuviera tres partes prolijas — ambiental, social, financiera — pero que en la práctica nunca está equilibrado: siempre hay una pata que tira más fuerte que las otras.
Por eso empezaron a usar otra palabra: restaurador. No porque suene mejor. Porque exige más.
Es, casi textualmente, la misma lógica que sostiene a la agricultura biodinámica: no se trata de no dañar el suelo, sino de devolverle más vida de la que se le saca. Restaurar un organismo, no solo mantenerlo estable.
Y ahí es donde Sen deja de ser una cita de tapa: su idea central no es que el dinero da libertad, es que la libertad de una persona depende de lo que su entorno social le permite hacer — la capacidad de elegir no existe en el vacío individual, se construye en relación con otros.
Es el mismo principio que organiza un viñedo biodinámico: la vid no se entiende sola, se entiende como parte de un organismo —suelo, animales, microorganismos, y la gente que lo trabaja— donde la salud de una parte depende de la salud del conjunto. Reyneke aplicó a las personas de su finca la misma lógica que ya aplicaba a la tierra.
2026: cuando el modelo se quedó chico
A 25 años de haber arrancado, la finca creció —sumó otras 80 hectáreas— y con ella la cantidad de trabajadores que cumplen la década. Vender un solo vino ya no alcanza para sostener el fondo. La respuesta, este año, fue rediseñar el modelo junto a la Escuela de Negocios de la Universidad de Ciudad del Cabo y académicos de Harvard: ahora cualquier eslabón de la cadena de valor —proveedores, distribuidores, importadores, bares y restaurantes— puede aportar voluntariamente el 1% de lo que factura en ventas de Cornerstone, sin subirle el precio al consumidor final. The Wine Society, Systembolaget y su importador en el Reino Unido ya se sumaron. Va a haber, además, un tablero público donde cualquier aportante pueda ver exactamente en qué se gasta cada peso.
Reyneke mismo escribe, sobre el proyecto entero: no queremos ser dueños de esto. Queremos que se pueda compartir, enseñar, que otra gente lo tome y lo haga propio, en sus propios lugares, con su propia gente.
«Contrariamente a lo que se cree, sí paga hacer el bien.»
Martín L. Alonso
Impulso Sophia Editorial
