Notas del taller · comunidad como oficio

Dar antes de tomar

El yo que se retrae, el Yo que se entrega, y un gesto que ambos conocen.

 

Hay un movimiento que casi no se nota, porque se hace en silencio: dejar de responder. No contestar, o contestar con un «sí» o un «no» que cierra en vez de abrir. Solemos leerlo como desinterés. Es otra cosa, y más honda: es un yo que se repliega.

El sociólogo Richard Sennett le puso nombre: el yo no cooperativo. El carácter que, para no sentir la inquietud que le provoca lo distinto, se retira del encuentro antes de que empiece. Y señala algo incómodo: la sociedad moderna no nos vuelve peores, nos descualifica —nos quita el oficio de cooperar, la destreza de trabajar con quien no entendemos—. Porque cooperar, como todo oficio, se ejerce o se pierde; no es una virtud que se tiene.

Conviene una precisión de vocabulario, porque acá se juega todo. Ese «self» de Sennett es el yo en minúscula: el yo psicológico, el que se protege, el que toma para sí. No es el Yo que la antroposofía escribe con mayúscula —das Ich, el miembro espiritual, la individualidad que se realiza—. Son opuestos. La enfermedad es el yo pequeño usurpando el lugar del grande.

Las dos caras del repliegue

El yo que se retira no lo hace de una sola manera. Sennett describe dos ingredientes —narcisismo y autocomplacencia— que caen, con una precisión que sorprende, sobre los dos unilaterales que Steiner enseñó a reconocer y a equilibrar desde el medio.

Lo ahrimánico

La cara fría. La máscara que no muestra lo que siente, el endurecimiento que se disfraza de prudencia, el aislamiento que se protege. El yo se contrae por temor a lo diferente y se vuelve mineral, calculador, solo.

Lo luciférico

La cara cálida y engañosa. El espejo. El yo que se contempla y se enamora de su interior. El «¿qué siento?» que reemplaza al «¿qué hago?». La acción se devalúa; queda la vivencia.

— entre ambas se pierde el medio —

Lo que se pierde entre el frío y el espejo es justo lo que Steiner puso en el centro: el equilibrio, el encuentro. El yo no cooperativo es un alma caída del medio hacia los dos extremos a la vez —endurecida por fuera, inflada por dentro— y, en ese doble movimiento, incapaz de salir hacia el otro.

La ansiedad que desaparece

Podría pensarse que el problema es la ansiedad frente a lo diferente. Es al revés. Sennett —siguiendo a C. Wright Mills— muestra que esa inquietud es formadora: es el alma juzgando lo que la rodea, manteniendo viva la posibilidad del cambio. Lo grave no es sentirla; lo grave es el día en que desaparece. Cuando dejar de cooperar ya no incomoda, cuando la mesa vacía ya no duele, el yo dejó de luchar en el umbral y se instaló en la comodidad del reflejo. No cruzó. Se quedó en la orilla de acá, mirándose.

El narcisismo, para Sennett, es ver en el otro apenas un reflejo de uno mismo. Y proponía una imagen que nos resulta familiar: identificarse con lo que le pasa a él es una ventana; verlo como si fuera igual a mí es un espejo. El doble vive en el espejo. El encuentro vive en la ventana.

La salida no es un sentimiento: es un acto

Acá la antroposofía no solo describe el mal; ofrece la cura, y no es una moraleja. La ley social fundamental lo dice sin adornos: el bienestar de una comunidad de personas que trabajan juntas es mayor cuanto menos reclama cada una para sí el fruto de su trabajo, es decir, cuanto más lo entrega a los demás. Ese es el Yo —el verdadero— realizándose: no mirándose, sino dándose. Por eso su camino es, paradójicamente, el desinterés, la Selbstlosigkeit.

El yo se cura en el espejo. El Yo nace en el encuentro.

Cooperar entre distintos —y esto importa: entre distintos, sin fundirse, sin exigir que el otro piense igual— es el gesto del medio, el que ni se endurece en Ahriman ni se disuelve en Lucifer. Y como es un oficio, no se declara: se practica, se afina, se pierde si no se ejerce. No se llega a la comunidad; se la trabaja, igual que el agricultor no tiene una tierra viva sino que la sostiene, temporada tras temporada, con las manos.

Cada primero de agosto

Hay una tradición que hace de este gesto un rito, y que llega al mismo lugar por otro camino. Cada primero de agosto, en el día de la Pachamama, no se le pide a la tierra: se le da. Antes de tomar nada de ella, se le da de comer, se le agradece primero. Los Andes lo llaman ayni: reciprocidad. Dar antes de reclamar.

Es exactamente la ley social fundamental hecha cuerpo, hecha tierra: entregar primero, no reclamar para sí. Y no hace falta —ni sería honesto— fundir las dos cosmovisiones en una. La andina y la que trabajamos nosotros son distintas, y arrancan de cielos distintos. Pero convergen en un mismo gesto, y reconocer esa convergencia sin disolver la diferencia es, otra vez, lo mismo que veníamos diciendo: cooperar entre distintos sin volver al otro un espejo de uno. Ver a la Pachamama como «en realidad lo que nosotros ya sabíamos» sería, justamente, el gesto luciférico. Verla como una tradición entera que dice, a su manera, dá primero, es una ventana.

Un primer paso, no una lectura más

Sería contradictorio cerrar esto pidiéndote que leas otra cosa. El repliegue no se cura leyendo; se cura saliendo del espejo hacia un acto. Así que la invitación es concreta y pequeña, a la medida de un primer paso —y del día—:

Hoy, además de a la tierra, dale a una persona. Elegí a una del movimiento —de preferencia una con la que no coincidas del todo— y hacé algo concreto con ella, sin esperar nada a cambio. No conversar sobre ideas: hacer. Una tarea, una entrega, un arreglo, una visita a una granja.

Ese gesto mínimo es, en escala pequeña, todo lo anterior: el yo que sale del reflejo, el sentir que se vuelve voluntad, la tierra a la que se da antes de tomar. El paso del yo al Yo no se piensa. Se hace, con alguien, hoy.

El diagnóstico social es de Richard Sennett (Juntos, cap. 6). La lectura en clave antroposófica —el yo y el Yo, Ahriman y Lucifer, el umbral, la ley social fundamental— y el puente con la Pachamama son propuestas nuestras desde el taller, ofrecidas con respeto hacia cada tradición como lo que es, distinta. Un borrador para pensar, no una última palabra.