Cultura dialógica · Karl-Martin Dietz

Autoconducción socrática o sofística

Una distinción necesaria para el consejo docente — y un segundo malentendido, más difícil de ver, que es el que hace fracasar los intentos.


Una reunión de consejo docente. Se discute algo que ya se discutió: el criterio para aceptar familias que no pueden pagar la cuota completa. Hay una persona que llegó preparada. Escuchó a todos con atención, reformuló lo que dijeron los demás para que se sintieran comprendidos, hizo tres preguntas abiertas en el momento justo, y al final de la reunión el consejo llegó exactamente a la conclusión a la que esa persona quería llegar desde el principio.

Todos se van con la sensación de haber sido escuchados. Nadie levantó la voz. La reunión duró lo previsto.

¿Eso fue diálogo?

Dos autoconducciones que se parecen demasiado

En 2020 Karl-Martin Dietz publicó un ensayo cuyo título ya contiene la tesis: Autoconducción socrática o sofística. Una distinción necesaria. La palabra que importa es necesaria. No se trata de un matiz académico, sino de dos cosas que hoy conviven, se confunden todo el tiempo y van en direcciones opuestas.

Las dos parten del mismo diagnóstico: ya no alcanza con que alguien mande. Las dos piden que cada persona se conduzca a sí misma. Las dos requieren trabajo interior, atención y escucha.

Sofística

Me conduzco a mí mismo para producir un efecto en el otro.

El trabajo interior es entrenamiento. La escucha recoge información. La pregunta conduce.

Sé de antemano adónde hay que llegar. Busco el camino más eficaz —y más elegante— para llegar.

Socrática

Me conduzco a mí mismo orientándome en la cosa.

El trabajo interior corrige la propia mirada. La escucha expone a algo que todavía no vi. La pregunta es real.

No sé de antemano adónde hay que llegar. Busco qué pide efectivamente esta situación.

Las dos columnas tienen deliberadamente la misma forma. Ese es el punto: desde afuera, un consejo docente sofístico y uno socrático se ven idénticos. Mismas rondas, mismo tono, mismas preguntas abiertas.

El único momento en que se separan

¿Qué hago cuando el otro no responde como yo esperaba?

La autoconducción sofística ajusta la técnica. Reformula, busca otro ángulo, cambia el encuadre, espera un momento más oportuno, conversa antes en el pasillo. Nada de eso es deshonesto en sí mismo. Pero el objetivo no se movió un milímetro; solo se movió el método.

La autoconducción socrática revisa la pregunta. Toma la resistencia del otro como un dato sobre la cosa, no como un obstáculo hacia la cosa. Si tres personas no acompañan, la hipótesis de trabajo no es «todavía no lo entendieron», sino «puede ser que yo esté viendo mal».

Ese criterio sirve para examinarse uno mismo mejor que cualquier definición. Después de una reunión difícil: ¿pensé en cómo decirlo mejor la próxima vez, o pensé en qué me estaban mostrando?

¿Orientarse en qué?

Acá la cosa se pone difícil, porque «orientarse en la cosa» no significa nada hasta que se dice cuál. Y en ese punto aparecen dos malentendidos que conviene deshacer, porque el segundo es el que hace fracasar los intentos concretos en las escuelas.

Primero: el diálogo no es una forma de conversar

La palabra invita al error. Diálogo suena a dos personas hablando, y de ahí a «técnica de conversación» hay un paso.

Dietz —filólogo clásico de formación, doctorado sobre Protágoras en 1976— va a buscar la palabra más atrás. Diá-logos: aquello a través de lo cual pasa el logos. El término no es socrático sino heraclíteo: designa lo que actúa en el mundo y opera también en el alma humana, donde todavía no está terminado. Heráclito observa que, aun siendo el logos común a todos, la mayoría vive como si cada uno tuviera un entendimiento privado.

Diálogo, entonces, no nombra en primer lugar una manera de hablar sino una manera de obrar juntos en la que ese elemento común está presente. Y de ahí una frase de Dietz que reordena todo: que desde Sócrates «diálogo» signifique además cierta forma de hablar entre personas es un caso particular de eso.

Un caso particular. No el origen.

Segundo: el diálogo no es el encuentro entre personas

Este es el malentendido serio, y es el más difícil de ver porque es el más noble.

Martin Buber enseñó a Occidente a pensar la relación Yo-Tú: el otro no es un objeto, es un tú, y reconocerlo transforma el vínculo. En el movimiento antroposófico esa herencia está muy viva, y con razón.

Dietz reconoce el aporte de Buber y le pone un límite preciso: lo dialógico, en Buber, está concentrado en el trato entre personas y en el respeto del otro. Eso corresponde a uno solo de los procesos que él llama dialógicos —el encuentro individual—. Los otros tienen que ver con la relación de cada uno con la realidad del otro, con la realidad del mundo y con la realidad de la acción conjunta.

Por qué esto no es una precisión académica.

Un consejo docente que entiende «dialógico» como Buber trabaja sobre el clima: se escucha mejor, se cuidan las formas, cada uno se siente visto. Y sigue sin poder decidir, porque nadie está mirando la cosa: están todos mirándose entre sí.

De ahí salen esas reuniones excelentes de las que no sale nada, y de ahí que un tema «decidido» vuelva a la agenda tres meses después. Lo que no se dijo sobre el asunto sigue actuando, aunque el vínculo haya mejorado.

Por eso Dietz sostiene que el diálogo es apto para reconciliar dos cosas que la tradición trató como opuestas: la autonomía de cada persona y lo común. No una a costa de la otra. Uno de sus libros se llama, justamente, Independiente en el sentido del todo. El título no es una consigna espiritual: describe qué ocupa el lugar de la orden cuando ya nadie manda.

La cosa en la que hay que orientarse, entonces, no es el bien en general. Es esta escuela, esta situación, este chico con nombre.

Qué queda de Sócrates

Queda algo concreto. Dietz caracteriza el diálogo socrático por tres rasgos:

  • Que cada quien se haga responsable de lo que piensa. No de lo que dice: de lo que piensa.
  • La capacidad de tomar distancia de sí mismo. A esto lo llama ironía — y conviene detenerse, porque la ironía socrática suele entenderse como el arma con que se acorrala al otro. Acá apunta al revés: es distancia respecto de las propias posiciones.
  • El esfuerzo por formar conceptos comprometidos con la realidad, no con la conveniencia de la discusión.

Los tres se practican solo. Ninguno requiere que el consejo apruebe nada.

Por qué una escuela autogestionada es el peor lugar para confundirlas

En una organización jerárquica la sofística tiene techo: en algún momento alguien decide y se termina la discusión. En una escuela Waldorf no hay ese techo. Nadie tiene autoridad formal para imponer nada al consejo, y la persuasión queda como único instrumento disponible.

Por eso la sofística nunca aparece como manipulación. Aparece como «capacidad de generar consenso», «saber llevar una reunión», «tener llegada». Con los años produce un fenómeno reconocible: escuelas donde formalmente decide el colegio y realmente decide siempre la misma persona, sin que esa persona haya dado jamás una orden.

Götz Werner, fundador de dm-drogerie markt y una de las fuentes vivas de esta corriente, distinguía entre conducir por presión (Druck) y por atracción (Sog). La autoconducción sofística es la forma más difícil de detectar de la presión, porque tiene todos los rasgos externos de la atracción: es amable, paciente y bien intencionada. Y sigue siendo presión, porque el otro sigue siendo un medio.

El costo no lo paga solo quien queda del otro lado. Lo paga la escuela.

Lo que esto no resuelve

Conviene decirlo, porque es justo donde empieza la sofística. Nada de esto da un método. No acorta las reuniones. No indica quién decide cuando no hay acuerdo. No se instala con una jornada de capacitación. Y quien lo use para acusar a un colega de sofista en la próxima reunión estará haciendo, exactamente, sofística.

Lo único que ofrece es una pregunta que cada persona puede hacerse a solas, después de cada reunión, sin decirle nada a nadie: ¿pensé en cómo decirlo mejor la próxima vez, o pensé en qué me estaban mostrando?

Empezar por ahí no es poco. Es lo único que no requiere el permiso de nadie más.

Buscamos una escuela que lo pruebe

Estamos preparando un material práctico y breve —lo llamamos El primer paso— para introducir esta forma de trabajo en un consejo docente sin reestructurar nada.

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Fuentes

La distinción entre autoconducción socrática y sofística corresponde a Karl-Martin Dietz, «Sokratische oder sophistische Selbstführung – eine notwendige Unterscheidung», en Konfliktdynamik 9, cuaderno 3/2020.

Las caracterizaciones del logos, del alcance del diálogo frente a Buber y de los tres rasgos del diálogo socrático provienen de Dietz, citado en: Ludwig Paul Häußner, Dialog, Führung und Zusammenarbeit. Führungspädagogik als Agogik, tesis doctoral, Universitätsverlag Karlsruhe, 2009, pp. 54-55 y 121-123. Disponible bajo licencia Creative Commons BY-NC-ND 3.0 DE. Häußner estudió empíricamente la cultura dialógica en dm-drogerie markt.

La aplicación a la escuela Waldorf y los ejemplos de consejo docente son elaboración de esta editorial.

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